En esta sección deseo compartir algunas de mis publicaciones sueltas en mi página de Facebook, al menos las que más llamaron la atención de mis contactos.

El ejercicio de pensar no puede pasar de moda.
MIS OJOS…
El derecho y el izquierdo… Foto tomada en una reciente cita oftalmológica a ver como andan mis ventanas al mundo. Nunca han sido muy sanos mis ojos. Miopes, astigmáticos, 1 menos desarrollado que otro, presbicia, control de mácula y de glaucoma, operados con la improductiva queratotomía que los puso recelosos y ahora hipermétricos, y además algo creidos si se tiene en cuenta que a veces se les da por cambiar de color entre el azul grisáceo y el verde piscina. Por fortuna en esta ocasión, todo dentro de lo normal y hasta fotos les han tomado.

Todos tenemos dos ventanas abiertas al mundo por un lado, y a nuestra alma por el otro…Las ventanas pueden cerrarse, a veces, en ambos sentidos…
Se me ocurrió entonces que detrás de mis ojos hay toda una vida de percepciones, un mundo de peregrinos y trotamundos, conocidos y desconocidos, y montones de pinceladas reflejando los más hermosos paisajes del planeta. Mis ojos fueron ya testigos de amores, de nacimientos, de abrazos, de risas sinceras y miradas profundas revelando almas viajeras como la mia; de cientos de ocurrencias vividas o compartidas, de soluciones de ingeniería, admirables todas aunque sencillas fueran, y de las sorpresas del arte, que los humanos nos atrevemos a ensayar y a mostrar. Esto es, de todo arte, es decir, todo lo que ha salido del alma directo a nuestras manos, nuestra voz, nuestra imaginación.
Detrás de mis ojos se esconden mis secretos, se cuecen mis deseos, algunos de los cuales han visto realizados con principios y esfuerzo; pero tambien se avivan, detrás de ellos, mis ganas de seguir empujando el cuerpo un poquito más.
Si pudiera darles vuelta hacia el interior de mi cabeza, mis ojos se toparían de frente con Dios. ¿Y los tuyos, con qué se toparían?
QUÉ ME HA AYUDADO MÁS: ¿LA ESCRITURA A MI PROFESION, O MI PROFESION A LA ESCRITURA?

La escritura, en primera impresión, parecería un arte incompatible con el ejercicio de una profesión ejecutiva. Pero escribir telex y faxes, en el comienzo de mi carrera, hasta los correos electrónicos del presente, siempre ha sido imperativo hacerlo bien para que el mensaje que se quiera dar al receptor sea fácil de entender, agradable de leer, y convincente. Debo decir que a lo largo de mi preparación profesional, siempre en cada semestre la buena redacción fue un imperativo, hasta el punto que algunas veces me preguntaba si era que «estos gringos creen que uno va a ser escritor». En todo caso entre la práctica constante de escribir artículos, novelas, poesías, o responder mensajes y cartas, asi como mi afición a la lectura, me ayudaron a tener esa facilidad e imaginativa que se requiere en el ejercicio de mi profesión, y mi cargo.
La respuesta desde el otro lado, tambien es positiva. Miles de reuniones a lo largo de más de 40 años, dentro o fuera de la oficina, dentro del pais o fuera de él, me facilita «leer» lo que el otro está pensando, percibiendo y sintiendo. Esto, por supuesto, que aviva la creatividad a la hora de buscar rasgos en los personajes de mis obras, asi como abordar la dinámica y el hilo de una trama de ficción, que no es tan diferente del mundo real. Los vuelos en avión, o solitarios fines de semana por fuera del hogar, también facilitaron la inspiración.
Asi que podemos afirmar que entre mi profesión y mi afición por escribir, existe una relación simbiótica afortunada.
LAS PALABRAS DE AYER VS LAS FOTOS DE HOY

En una fresca mañana mientras caminaba a lo largo de la hermosa bahia de Cartagena, observé una mujer tomando fotos con el amanecer. Por supuesto, algo nada extraño hoy pues es común que las personas se tomen fotos y videos para subirlos a sus redes sociales, esperando aprobación de sus contactos. Muchas fotos quedarán en la cruel indiferencia que dicta la falta de tiempo, otras formarán parte de ese diálogo que en una vida más cálida y cercana era una foto narrada como un intercambio de vivencias, lejos de una pantalla.
Las experiencias de nuestra vida moderna y apurada son aproximadamente las mismas que hace 30 y 40 años. Ahora, las registramos para convertirnos, quizás involuntariamente, como protagonistas de nuestra propia vida, a pesar de que, sin las fotos, también lo éramos. Creemos que nuestra vida puede ser «más real» si la volvemos un «reality». Quizás solo buscamos una mayor aceptación en la medida en que dicha aceptación no llega, o es enviada tarde o débilmente por parte del emisor primario para la más delicada de nuestras etapas de vida: nuestra familia, y mejor todavía, nuestros padres. ¿Acaso un «te quiero» de antes ha sido reemplazado hoy por un «like»?
Pero ¿cómo era la vida antes de la explosión de los teléfonos inteligentes capaces de captar fotos y videos? Las fotos ya se habían vuelto digitales en los 90, con cámaras que se volvieron muy sofisticadas y cada vez más pequeñas. Pronto, toda esa tecnología se introdujo en un teléfono portátil y ya estuvo. Adiós al rollo de negativos, adiós a la espera para imprimir o recibir las fotos. Hoy, en vez de limitar y escoger bien en qué momento tomar una foto, nuestras oportunidades son ilimitadas.
Antes no podíamos mostrarle a nuestros amigos y familias dónde habíamos estado, con quién nos habíamos encontrado, o qué habíamos hecho en cada momento de nuestra vida. Quizás abrazábamos inconscientemente más minutos para dedicárselos a esos momentos en vez de estar preocupados por una «selfie» -o docenas hasta que quede como yo quiero quedar-. Regresados de nuestros momentos, los conversábamos, los contábamos muchas veces con emoción en nuestra voz. Cada vivencia digna de compartir, nos acercaba a esos seres que compartían nuestra vida, como familia o como amigos y podíamos durar una noche entera conversando al respecto. Quizás estrechábamos lazos, acrecentábamos un amor más amplio y certero, menos condicional.
Quizás solo la forma de comunicarnos ha cambiado, pero me atrevo a decir que la calidad con que nos comunicamos también. Y eso nos ha aislado más, lo cual alimenta el vacío del que hablé arriba, la falta de aceptación por parte de los demás. Porque nadie se fija si la foto que enviaste tiene miles de pixeles o no. Pero antes sí que podían medir tu emoción con el tono de tu voz y los gestos con que adornabas tus historias.
Volver a ese grato pasado será una forma de no dejarnos controlar por la tecnología. Está difícil, porque las generaciones post-siglo XX no lo experimentaron. Todavía es una tarea posible.
TIEMPO DE ORDENAR

Para comenzar el año decidí ponerme a ordenar mi closet, mi escritorio y gavetas y por supuesto regalar o deshacerme de algunas pertenencias que ya no me son útiles. Me sentí feliz y aliviado aunqie un poco cansado del trajín pues eso de ordenar incluyó barrer parte de la casa.

En tu hogar, aparte de tu ropero, nada hablará mejor de tu relación con el orden que tu biblioteca personal.
Decidí investigar sobre las ventajas que puede disfrutar una persona ordenada y entre varias fuentes incluido ChatGpt, esto resumo:
Una persona ordenada suele disfrutar de varias ventajas prácticas, emocionales y sociales. Por un lado sufre de menos estres y ansiedad: el orden reduce la sensación de caos y de “no saber por dónde empezar”. Tambien suelen tener mayor claridad mental: cuando todo está en su lugar, la mente se concentra mejor. Estas personas ordenadas disfrutan de una sensación de control y bienestar: el orden da estabilidad y seguridad psicológica al tener menos fatiga mental o distracciones. Los ojos de la mente «ven» el desorden no como parte de tu paisaje, sino como un obstáculo «que siempre tiene que superar porque siempre está ahí». El orden tambien genera más confianza en la persona y te ayuda a cumplir con tus propósitos tanto de corto como de largo plazo. Finalmente una persona ordenada tiene relaciones más armoniosas porque hay menos conflictos por olvidos, retrasos o desorganización.
Cuando se trata de escribir un libro ficción parte de ese orden implica saber el o los puntos centrales sobre lo que va a tratar, y el mensaje que quieres compartir con el lector a traves de la trama del libro, o de sus personajes, y el «timing» de cada escena.
Hoy en dia es común que, igual a como ocurre con las películas, a veces los libros «retroceden» a una escena anterior a la que describe un capítulo presente. En ello, el escritor debe andarse con cuidado para no confundir al lector cuando cambia los tiempos, o no sigue un orden secuencial lógico de la trama.
El orden es una característica primordial para lograr una obra literaria agradable y de fácil comprensión. Si un lector se enfrenta a un libro que no parece tener ni pies ni cabeza, no solo lo abandonará sino que sumará un argumento contra el sano ejercicio de la lectura.
Pero como hemos visto, el orden en una obra literaria no es solo importante para atraer a los lectores. Practicado por personas comunes en cualquier actividad personal, el orden solo puede generar mentes ordenadas y mentes ordenadas devuelven al mundo seres en paz.
¿CÓMO HABRÍA SIDO EN AQUELLAS ÉPOCAS?

Cuando la lectura se popularizó con el invento de la imprenta, seguramente era normal observar tanto fuera como dentro de recintos, muchas personas afanándose por leer. Leían para educarse, para instruirse, para conocer qué pensaban los sabios, o eruditos, asi como los trabajos e ideas de científicos, médicos, y matemáticos. Por supuesto, también estaban los que leían una novela sin saber que aquello que poseían en sus manos trascendería por muchas generaciones en siglos por llegar. Creo que, con lo que somos testigos en estos tiempos, solo hay una «pequeña» diferencia entre los escenarios que depicta este dibujo que le ordené a mi «Copilot». El contenido de esas lecturas. De las épocas de la primera escena, brotaron mentes muy brillantes que hicieron que la humanidad avanzara en bienestar. En la próxima década podremos saber si los protagonistas de la escena moderna, también podrán hacer lo mismo.
Mi pronóstico es que sí. Porque al haber más personas en el mundo con acceso a celulares inteligentes, las posibilidades de que broten mentes muy brillantes son altas. Además las generaciones modernas tienen una tremenda ayuda, que en la antiguedad no tuvieron: la IA. Lo que está por verse es qué tanto pueden, o desean, estas generaciones modernas pensar por sí mismas, desarrollar su propio criterio, y usarlo con la inteligencia del corazón para generar mayores estados de bienestar en la humanidad del futuro.
¿COMO SABER QUE ESTAMOS ENTRANDO EN LA VEJEZ EMOCIONAL?
He observado que a medida que avanza el calendario sobre mi cuerpo, algo interesante sucede con mi capacidad de sentir. Es como un renacer de sentimientos y sensaciones que uno creia sepultadas bajo escombros de rutinas y frustraciones. Hay un refinamiento por el apego con ciertas personas, las personas que son espontáneamente felices y que irradian alegría; esas personas, me atraen. Siento más necesidad de abrazar y de estar pegado a alguien, como si a través de las pieles, las miradas, las conversaciones cotidianas, uno pudiera preguntarse: «Es verdad que estás aqui?» Y la respuesta que escuchara del otro, aún en su silencio: » Si, es verdad, y tu para mi».
Con las personas mayores, los ancianos, también lo observo. Ya antes lo había notado de mis abuelos, y ahora con mis padres casi centenarios. Ellos anhelan una mirada, un abrazo, una caricia. Es para ellos sentirse conectados a un mundo que están apunto de abandonar físicamente. Por eso, a los viejos no se les puede aplicar razonamiento ni inteligencia. A ellos, como a los bebés, hay que solo entenderlos desde el corazón, y alimentarle eso que les recuerda, que si, que tuvieron la fortuna de vivir 8 , 9 o 10 décadas dejando huellas perdurables. Por ello están ávidos de abrazos y caricias. Porque también lo humano en ellos, parece renacer en sus últimos suspiros, con la misma pregunta, y la misma respuesta que yo intento explicarme.
¿DEPRISA O DESPACIO?

La vida moderna nos ha forzado a vivirla a una velocidad vertiginosa. Principalmente por los avances de la tecnología digital, pero también por el crecimiento de opciones desde donde elegir en qué, dónde, y con quién ocuparse. En ambos casos, muchas son las posibilidades que no conducen a nada útil, sino a confundir, a arrepentirse de la elección, a no disfrutar lo elegido o estar pensar en el famoso «hubiera».
Lo vemos por ejemplo en la tecnología digital culpable de que todo sea hoy demasiado veloz. Millones de aplicaciones que de repente te permiten una cantidad de tareas inútiles, porque en nada cambian tu vida, y mucho menos tus prioridades. Tomemos igualmente las propagandas y promociones audiovisuales, casi de cualquier índole en donde el productor mete tantas imágenes por segundo con el afán de cubrir más, y porque, claro, el cerebro humano puede asimilarlo. Pero ¿tendría todo esto un costo colateral para nuestro cerebro? Me encuentro con mucha gente mucho má ansiosa, mucho menos concentrada, mucho menos segura de sí misma, mucho más confundida. Quizás, nuestras rápidas neuronas están sufriendo de «sobrecarburación». Los bólidos de la F1 fácilmente superan los 300 km/hora de velocidad. Pero sin los alerones, por ejemplo, estos bólidos saldrían volando por los aires de forma desordenada, ocasionando accidentes fatales. Todo tiene límites. Incluso nuestro cerebro, bombardeado por tanta actividad que a duras penas puede analizar con serenidad lo que le conviene y desea, manteniendo a su portador en un estado frenético y ajetreo. Leo con frecuencia quejas y noticias sobre el descontento de la gente, la dificultad para encontrar su propósito de vida, la postergación de decisiones importantes, las visitas frecuentes al sicólogo, y el escape de la válvula de presión por un resbalón tentador, o algún vicio, o peor, algún acto violento. Todas son reacciones a una emocionalidad alterada por el mundo que se mueve demasiado deprisa. Quizás sea hora para comprender que, tener el potencial de hacer muchas cosas al tiempo no nos hace más felices. Hay que dejarle espacio a nuestras neuronas para que funcionen más despacio. La otra opción es permitir que la avalancha tecnológica nos empuje hacia la locura que acabará con la civilización, o acaso no estamos ya en medio de todo eso. Los cerebros mejor entrenados sobrevivirán. Pero dudo que sean los más felices.
REFLEXION SOBRE LA SEPTIMA PALABRA DE JESUS EN LA CRUZ, INVITACION DE LA IGLESIA DEL PERPETUO SOCORRO, COMUNIDAD DE BOCAGRANDE EN CARTAGENA
PALABRA SIETE: “DIOS MIO EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU
Esta séptima y última palabra de Jesús en la cruz no es un grito de derrota, sino el acto supremo de confianza. Después de haber enseñado, sanado, perdonado y amado hasta el extremo, Jesús no se aferra a su obra ni intenta retener la vida: la entrega. Y en esa entrega total nos revela uno de los llamados más profundos de la fe cristiana: aprender a soltar.
Muchas veces caminamos con esfuerzo hacia metas que nos cuestan sacrificio, tiempo, desvelos y renuncias. Trabajamos por un sueño, una familia, un proyecto, una vocación. Nos formamos, luchamos, resistimos. Y es justo valorar ese esfuerzo; Dios mismo lo bendice. Sin embargo, llegan momentos en el que entendemos que no todo depende de nuestras fuerzas, que no todo está bajo nuestro control. Es entonces cuando aparece una invitación difícil pero liberadora: confiar, es decir, reconocer que a pesar de haber dado lo mejor de nosotros, el final del camino no nos pertenece.
Las enseñanzas de Jesús nos muestran dos caminos: el camino del acierto (el de su mejor esfuerzo), y el camino del error. Es solo cuando transitamos por el camino del acierto que podemos tener la conciencia suficiente para aceptar las palabras de Jesús en su sentido magno y verdadero. Jesús no pronuncia estas palabras al inicio de su misión, sino al final. Solo quien ha amado profundamente puede entregarse en paz. Solo quien ha trabajado fielmente puede soltar sin miedo. Y en la entrega y en el soltar, se puede cambiar la humanidad.
Nos cuesta renunciar a aquello por lo que hemos luchado tanto aunque solo sea nuestra idea de cómo deberían ser las cosas. Pero la fe nos enseña que no perdemos nada cuando ponemos en manos de Dios esa lucha; porque Dios no nos quita lo que hemos entregado con nuestro amor, nuestra responsabiliad, nuestro esfuerzo, sino que lo eleva y nos lo devuelve en bendiciones aún si éstas parecen apenas estar gestándose para nuestro mejor futuro.


Esta palabra final de Jesús nos invita aceptar que nuestros logros, nuestras heridas y nuestro futuro descansan mejor en Dios que en nuestro propio control. Encomendar el espíritu es un acto de humildad, pero también de profunda esperanza y decidida confianza; es recorrer el camino del acierto al mismo tiempo que entregamos el destino, el resultado esperado a la voluntad de Dios.
NO tengamos miedo ni duda, cuando llegue el momento de decir “Señor en tus manos encomiendo mi espiritu”. Jesús lo hizo. Su decisión de hace 2 mil años, cambió al mundo para siempre, y ha hecho crecer a sus seguidores por todos los rincones del planeta en bienestar, espiritualidad y riqueza. No ha habido milagro más grande que ese, nacido desde una aparente derrota. Nosotros también podemos hacer ese tipo de milagros. El de cambiar al mundo. Si no fuera asi, entonces ¿para qué estamos viviendo nuestra Fe? Todos podemos cambiar al mundo. Cada uno desde nuestra individualidad, y todos juntos desde nuestra unicidad podemos cambiar al mundo.
Empezando por el milagro más pequeño, como inspirarle una sonrisa a un niño, o el más grande, como el de eternizar nuestros valores y creencias a través de las generaciones futuras.
Ignorar esa capacidad, la capacidad de hacer milagros aún desde aparentes derrotas, es condenarnos a la inconciencia, es decir, al camino del error, al no saber si verdaderamente hicimos todo lo que pudimos haber hecho. En cambio, aceptar esto, es decir, aceptar el camino del acierto, es rendirnos a la conciencia de saber que lo dimos todo.
